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MUSICAL

Priscilla. El musical

Priscilla. El musical

Nuevo Teatro Alcalá, desde el 21 de agosto

jueves 27 de agosto de 2015, 12:05h

Con Àngel Llàcer como director artístico y basado en la película “The adventures of Priscilla, queen of the desert”, escrito y dirigida por Stephan Elliott, el filme ganó un Oscar en 1994 al Mejor Vestuario. Para escribir el libreto del musical Elliot contó con la colaboración de Allan Scott. La banda sonora del musical está formado por éxitos pop de los años 80-90.

El musical se estrenó a nivel mundial el 7 de octubre de 2006 en el Lyric Theatre, de Sydney, y se convirtió en un éxito inmediato, obteniendo una gr,an respuesta por parte de crítica y público. Lo mismo sucedió en Melbourne y Nueva Zelanda, convirtiéndose en el musical australiano más exitoso de la historia. El espectáculo volvió a Sydney el 7 de octubre de 2008, por su segundo aniversario, permaneciendo en cartel hasta el 21 de diciembre de 2008. En marzo de 2009, ‘Priscilla’ al Palace Theatre, del West End, de Londres donde permaneció, hasta diciembre del 2011. En 2010, se estrenaron nuevas producciones del musical en Toronto (Canadá) con un equipo nuevo.

El musical llegó a Broadway el 20 de marzo del 2011, permaneciendo en el Palace Theatre, hasta el 24 de junio del 2012. Posteriormente “Priscilla” se ha representado en numerosas ciudades de diferentes países.

Con veinte escenas diferentes, 40 artistas, 500 trajes, 200 pelucas espectaculares, unas coreografías irresistibles y un autobús a tamaño real de 10 toneladas de peso totalmente robotizado, este musical ofrece un espectáculo total para una experiencia feliz e inolvidable.

Ganador de premios Oscar, Tony y Oliver, ya ha sido visto por más de 3 millones de espectadores en Broadway, Londres, Sidney, Suecia, Italia y Argentina, antes de llegar a España con la puesta en escena original con la que se estrenó en Londres.

Aclamado por la crítica, el London Sunday Express tituló su estreno como “El Mejor Musical Desde ‘Mamma Mía!’”.

“Priscilla, la Reina del Desierto” no llega a la Gran Vía, sino al remodelado Nuevo Teatro Alcalá, en el madrileño Barrio de Salamanca, uno de los mejores coliseos de la capital: cómodo, bien comunicado y con una caja escénica poderosa. Y sí, este “Priscilla” español es un calco de la producción que llegó a Broadway cinco años después de que la adaptación a la escena de la icónica película australiana (de mismo título), dirigida por Stephan Elliot, se estrenara en Sydney el 7 de octubre de 2006. Y pese a que el aterrizaje de las drag queens llega 20 años después que la película y 8 años más tarde que su primera representación en teatro, el espectáculo continúa siendo efectivo, la historia sigue resultando actual y el repertorio de canciones está perfectamente elegido para hacer que uno olvide durante un buen rato todo lo que ocurre -tan irritante- fuera de la sala.

“Es una explosión de música muy pegadiza donde más de uno va a tener que agarrarse a la butaca para no salir bailando”, ha asegurado el actor Mariano Peña, reclamo claro en el cartel del espectáculo gracias a su paso por la serie Aída, en la que bordaba a aquel Mauricio Colmenero facha, misógino, racista y, sobre todo, homófobo. En Madrid el repertorio no es el original del musical australiano, tampoco el del West End londinense. Aquí se ha elegido heredar el neoyorquino en el que las canciones de Kylie Minogue fueron sustituidas por otras de Madonna. Así que junto a Material Girl, Holiday, Like a Virgin o Like a Prayer, suenan temas de Pet Shop Boys, Pat Benatar, Gloria Gaynor, Cindy Lauper o Village People… Y así hasta 25 temas capaces de llenar un disco doble con algunas de las canciones más gays que ha dado el pop de las últimas tres décadas.

La orquesta, bajo la dirección musical de Manu Guix y Julio Awad, suena con contundencia y brío, y el elenco colabora como un solo hombre/mujer para lograr que los números cojan vuelo. Muy dignas de mención son las tres divas que con ecos soul acompañan muchas veces a los actores principales prestándoles una ayuda necesaria e impagable. Si ellas no estuvieran, más de un par de números no aguantarían las exigencias del público. Pero están y todo fluye. Es cierto que en la representación a la que asistimos hubo fallos y nervios –en varias ocasiones el texto hablado se entendía mal o directamente no se entendía-, pero se comprende que con un par de semanas de viaje, todo irá más rodado. Y aquí viene una de las mejores decisiones de esta versión de “Priscilla”: los temas sólo se cantan traducidos cuando la letra añade algo sustancial a la historia, el resto se canta en su idioma original. Parece anecdótico, pero esta circunstancia contribuye a evitar distracciones, sobre todo en unos temas que prácticamente todo el público se sabe de memoria.

La escenografía, también heredada, contribuye como un personaje más a que todo se convierta en una gigantesca fiesta. Los cambios escenográficos son rápidos y suficientes como para acaparar la atención hasta del espectador más despistado. Casi podemos asegurar que todo el que vaya a ver este musical querrá llevarse a casa una reproducción en miniatura del autobús en el que las tres protagonistas recorren Australia. Se trajeron uno enorme de la producción londinense y tuvieron que hacer obra para meterlo dentro del teatro (se ve que no es desmontable).

Capítulo aparte merece el vestuario. Tim Chappel y Lizzy Gardiner se tuvieron que divertir tanto, pero tanto, confeccionando estos vestidos imposibles para drags y reinonas que ese entusiasmo se contagia así sin más al patio de butacas.

Finalmente, “Priscilla, reina del desierto” es un musical comprometido, como lo fue la película, y trata de forma desenfadada y divertida temas como la visibilidad gay, los padres homosexuales, la llegada de otro tipo de familias diferentes a las llamadas “convencionales” o “tradicionales”, e incluso el acoso y las agresiones homófobas. Temas que, pese a las dos décadas que han pasado desde el estreno del filme, se encuentran todavía en el debate actual. Y sí. Esta versión española tiene los ingredientes y la pegada suficientes como para gustarle por igual (o más) a un señor o a una señora de 60 años de cualquier pueblo español que al gay que viva en pleno centro de Chueca. Transmite energía y permite liberar por unas horas los malos rollos que cada uno lleve consigo.

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